lunes, 26 de octubre de 2009

Ka (fragmento)


Con frecuencia Parvati se adormecía mientras Siva le recitaba los Veda. Los himnos le causaban un sentimiento de impaciencia o, por el contrario, de pesadez. Pero de pronto se recobraba, como pinchada por un aguijón. Para ella sólo había dos asuntos inagotables; la teología y las mujeres. Estas, en la medida en que fueran, o hubieran sido, mujeres de Siva. Parvati se sentó en la cama con el pecho desnudo, sudoroso y reluciente. Miraba fijamente hacia adelante y hablaba a Siva, recostado a su lado: «Prakrti, maya, sakti: ves como, cuando seguimos el camino de regreso al principio, siempre nos topamos con este elemento de nombre femenino. No puede subsistir por si solo, pero nada puede subsistir sin él. Naturaleza, ilusión, potencia: tus ignaros devotos occidentales pronunciarán estas palabras, desconociendo casi siempre que cada una recubre a las otras. No existe naturaleza sin ilusión, no existe ilusión sin potencia, no existe potencia sin naturaleza. En cuanto a maya, más que ilusión deberíamos llamarla magia, esa cosa extraña cuya existencia es negada por los sobrios de mente, cuando en realidad lo verdaderamente sobrio sería afirmar que nada de lo que existe está fuera de ella. Pero incluso esto resultaría insuficiente, y de eso quiero hablar, por eso estoy aquí, a tu lado, esperando a que extiendas encima de mí esa piel de tigre, que expulses a tus Gana y embarques tu linga en el barco de mis muslos, para que la máyá que está en mí lo oculte en un líquido velo.»

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