martes, 30 de junio de 2009

In memoriam Flavius Claudius Julianus


El fragor de la batalla, el aire acre, el humo, el calor atroz de Agosto, la muerte, el olor del miedo y el terror. El vino que calma la garganta y se derrama por la barba. El sudor y el corazón latiendo fuerte. La victoria. El César se reconforta en el néctar de Baco, Argentoratum es suya. Sus legiones lo aclaman. Las aguas del fantasmagórico Rin refrescan sus manos. Los bárbaros huyen a la selva de hierro, su tiempo no es aún. Europa no es Europa todavía, el alma de Occidente espera su momento. El joven agradece a los múltiples dioses, o a las inescrutables causas y sueña despierto con un orbe distinto. Se juramenta, aún sin saberlo, quitar a los envenenadores de almas, el poder del Imperio. Bien sabe que Roma nació para el valor y la fuerza y no para arrastrarse ante los vampiros del espíritu.

No mucho tiempo después el mismo hombre, el filósofo, el guerrero, el emperador, moriría confusamente en una batalla, frente a otro río en el Asia. Lo mataron, hoy sabemos, los galileos. El instrumento fue un soldado de Roma, un soldado que lo amaba y admiraba. La amenaza de la ira del Único fue razón suficiente para volverse el instrumento de la venganza galilea. La ira temida y las 30 monedas… así el segundo Judas traicionó al mesías de la luz. Así la noche oscura del alma empezó en el oriente. En vano había intentado el emperador insuflar la vida nuevamente en las almas. La mordedura de la serpiente había resultado certera.

2 comentarios:

mariano dijo...

Muy bueno viejo! Es difícil no escribir como Jorge, a pesar de ser de lo más fácil. Mucha calidad en el escrito.
Lo veo.

Julian dijo...

Ja, ja, el negro tenía razón. Lo escribí hace un par de años, de hecho está inconcluso el final porque lo quería relacionar con vivencias mías.
Lo veo