
El ómnibus casi vacío, rumbo al centro. La noche se completaba. Poca gente, todos de regreso de las tareas del día, la cara de pesadumbre habitual en todos. Yo me sentía muy cansado físicamente, pero muy relajado y despierto de mente. Sensación típica después de una señora clase de karate… somos millonarios diría José, y coincido.
La gente (ente abstracto y estadístico de altura promedio) no suele generarme nada, empatía cercana a cero, o mas bien antipatía… me corrijo: los detesto. Bien, ya sincerados podemos avanzar el tiempo del relato. El punto es que si vengo bien de ánimo la gente no me importa, si no vengo muy bien de ánimo tengo ganas de matar a todos aquellos que no tienen la mas mínima delicadeza. Odio la gente tosca, basta, bruta, plebeya. Y eso es lo que uno encuentra habitualmente en un transporte urbano de una ciudad de mierda en medio de un país de mierda en un subcontinente de mierda. Lo siento, olvidé que estaba de buen humor. Venía yo, decía, en un estado empático aceptable, receptivo.
El canto sonó dulce, afinado, bien ejecutado, la mujer evidentemente sabía cantar. Los ruidos de la calle y del ómnibus tapaban los detalles, no pude identificar palabra alguna. La melodía dulce y triste. Parecía una letanía. Todo aquello que no pude identificar lo puedo inventar, que mas dá. No sabemos quiénes somos, no nos vamos a andar haciendo los rigurosos. Me convencí: era una letanía cantada en anglosajón antiguo. Una valkiria, en mi ómnibus y cantando una letanía de tierras lejanas. Si les comento que se trataba de una mujer bastante bonita, mas bien rubia y de ojos claros, ya está, no quedan dudas, el bondi va directo al Valhalla. Es raro que alguien cante en un ómnibus, es mas raro aún que alguien cante en anglosajón, algo no obedecía al orden mundano habitual y peronista. Cuando dejé de considerar estas cosas pude darme cuenta que lo venía disfrutando… casi embelesado. Totalmente embelesado.
Los pitecántropos reaccionaban con una mezcla de perplejidad y esa desagradable indignación de los básicos. Ellos pueden escuchar esas mierdas latinas todo el día, pero que alguien se ponga a cantar algo lindo por sobre el ruido de mierda del bondi no, no se puede permitir. Tendrían que haberles visto las caras: indignación lisa y llana. Odio por lo sublime, odio por lo excelso, odio por todo aquello que les recuerda que no sirven para nada.
La Valkiria cantó mágicamente hasta que al final calló, se levantó de su asiento y se dirigió a la puerta. Bajó del ómnibus. El orden habitual mundano y peronista volvió. Seguí algunas paradas más y bajé cerca de casa.
A veces el velo se corre y uno adivina otro Orden, otro mundo. La belleza es esencial, la belleza puede salvar o quizá perder… sin embargo el mundo sin belleza, sin maravilla no tiene razón de ser.
