martes, 30 de diciembre de 2008

Nippur I


A pesar de lo que creemos, nuestros días están vacíos de nosotros mismos. Pocas veces el hombre se ve. Pocas veces llega a sentir el pulso de su vida, de sus sentimientos, de su propia existencia. Ciegos y sordos deambulamos por los caminos sin comprender lo que nos rodea.
Voces dormidas que tratan de despertarnos, anhelos insatisfechos, una verdadera vida que se crispa como un puño prisionero. Amigo, el hombre es un buen carcelero de sí mismo.
Pero a veces alguien se libera. A veces el pájaro huye de la jaula y se remonta al azul infinito, ebrio de júbilo y de espacio abierto. Pocos lo logran. El hombre atesora sus temores como joyas sucias que no se atreve a mostrar. Uno teme por su oro, el otro por su honor, el otro tiene una esposa hermosa y el rey tiene un trono. Hasta el vagabundo tiembla ante la idea de perder su hogaza de pan duro.
Yo no soy mejor que nadie. No tengo nada para perder y sin embargo me aferro a mi pobreza como un avaro y me asusto cuando debo enfrentar la realidad de mi vida vacía. ¿Qué he hecho de ella?

jueves, 13 de noviembre de 2008

Valkiria



El ómnibus casi vacío, rumbo al centro. La noche se completaba. Poca gente, todos de regreso de las tareas del día, la cara de pesadumbre habitual en todos. Yo me sentía muy cansado físicamente, pero muy relajado y despierto de mente. Sensación típica después de una señora clase de karate… somos millonarios diría José, y coincido.

La gente (ente abstracto y estadístico de altura promedio) no suele generarme nada, empatía cercana a cero, o mas bien antipatía… me corrijo: los detesto. Bien, ya sincerados podemos avanzar el tiempo del relato. El punto es que si vengo bien de ánimo la gente no me importa, si no vengo muy bien de ánimo tengo ganas de matar a todos aquellos que no tienen la mas mínima delicadeza. Odio la gente tosca, basta, bruta, plebeya. Y eso es lo que uno encuentra habitualmente en un transporte urbano de una ciudad de mierda en medio de un país de mierda en un subcontinente de mierda. Lo siento, olvidé que estaba de buen humor. Venía yo, decía, en un estado empático aceptable, receptivo.

El canto sonó dulce, afinado, bien ejecutado, la mujer evidentemente sabía cantar. Los ruidos de la calle y del ómnibus tapaban los detalles, no pude identificar palabra alguna. La melodía dulce y triste. Parecía una letanía. Todo aquello que no pude identificar lo puedo inventar, que mas dá. No sabemos quiénes somos, no nos vamos a andar haciendo los rigurosos. Me convencí: era una letanía cantada en anglosajón antiguo. Una valkiria, en mi ómnibus y cantando una letanía de tierras lejanas. Si les comento que se trataba de una mujer bastante bonita, mas bien rubia y de ojos claros, ya está, no quedan dudas, el bondi va directo al Valhalla. Es raro que alguien cante en un ómnibus, es mas raro aún que alguien cante en anglosajón, algo no obedecía al orden mundano habitual y peronista. Cuando dejé de considerar estas cosas pude darme cuenta que lo venía disfrutando… casi embelesado. Totalmente embelesado.

Los pitecántropos reaccionaban con una mezcla de perplejidad y esa desagradable indignación de los básicos. Ellos pueden escuchar esas mierdas latinas todo el día, pero que alguien se ponga a cantar algo lindo por sobre el ruido de mierda del bondi no, no se puede permitir. Tendrían que haberles visto las caras: indignación lisa y llana. Odio por lo sublime, odio por lo excelso, odio por todo aquello que les recuerda que no sirven para nada.

La Valkiria cantó mágicamente hasta que al final calló, se levantó de su asiento y se dirigió a la puerta. Bajó del ómnibus. El orden habitual mundano y peronista volvió. Seguí algunas paradas más y bajé cerca de casa.

A veces el velo se corre y uno adivina otro Orden, otro mundo. La belleza es esencial, la belleza puede salvar o quizá perder… sin embargo el mundo sin belleza, sin maravilla no tiene razón de ser.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Richard Wright


Mundo berreta éste... Richard Wright muerto y la Mona Jiménez sacando su disco número 77. Lo bueno, lo noble, lo excelso parecen ser perecederos. Lo bajo, lo banal, lo mediocre parecen mejor adaptados para el mundo. Triste destino.

domingo, 7 de septiembre de 2008


Las zapas medias sucias de correr entre el pasto y la tierra. La urgencia de dar con la vereda y con ella el conocido camino hasta la canchita, entre toques cortos de pelota aparecida a ultimo momento. Un puñado de amigos, la proximidad y la fidelidad que desconoce obligaciones. Un tiempo generosisimo para compartir. La vieja calle siete, desafectada de pavimento y el ancho horizonte poblado de eucaliptos. Las ganas de correr una aventura hasta el cansancio. Un puñado de sueños. Que otra cosa, acaso, somos?

Me es profundamente grato compartir un mundo con ustedes.

6/09/08

Mariano.

jueves, 10 de abril de 2008

Nota de Vargas Llosa en El Pais: Borges y los piqueteros


La biblioteca "Miguel Cané", en el barrio bonaerense de Boedo, es un modesto local de techos altos y viejos anaqueles y pupitres de lectura, que se ha convertido en un sitio de peregrinación cultural para todo visitante más o menos alfabeto que llega a Buenos Aires. Porque aquí trabajó Jorge Luis Borges nueve años, de 1937 a 1946, como humilde auxiliar de bibliotecario, registrando y clasificando libros en un estrecho cuartito sin ventanas del segundo piso, donde ahora se exhiben, en una vitrina, las primeras ediciones de algunos de sus libros.

No hace mucho pasó por aquí el escritor inglés Julian Barnes y dejó estampada su admiración por el autor de Ficciones. Siento de pronto emoción imaginando aquellos años oscuros de ese auxiliar de biblioteca que, según la leyenda, en la hora de tranvía que le tomaba ir y venir de su casa a su trabajo, se enseñó a sí mismo el italiano, y leyó y poco menos que memorizó La Divina Comedia, de Dante. Además, claro, de darse tiempo para escribir los cuentos de su primera obra maestra, Ficciones (1944).

Borges es una las cosas más notables que le ha pasado a la Argentina, a la lengua española, a la literatura, en el siglo veinte. Y es seguro que esa particular forma de genialidad que fue la suya -por lo excéntrico de sus curiosidades, su oceánica cultura literaria, lo universal de su visión y la lucidez de su prosa- hubiera sido imposible sin el entorno social y cultural de Buenos Aires, probablemente la ciudad más literaria del mundo, junto con París. Ambas capitales tienen encima, como segunda piel, una envoltura literaria de mitos, leyendas, fantasías, anécdotas, imágenes, que remiten a cuentos, poemas, novelas y autores y dan una dimensión entre fantástica y libresca a todo lo que contienen: cosas, casas, barrios, calles y personas.

Mucho de aquella Argentina de lectores voraces y universales, de cosmopolitas frenéticos y políglotas desmesurados, está todavía presente en la desfalleciente Buenos Aires a la que vuelvo luego de algunos años: en sus espléndidas librerías de Florida y Corrientes abiertas hasta altas horas de la noche, en sus cafés literarios donde se cocinaron grandes polémicas estéticas y políticas, y cuajaron esas revistas culturales que circulaban por toda América Latina como ventanas que nos descubrían a los latinoamericanos todo lo importante que en materia artística y literaria ocurría en el resto del mundo. Las paredes del Café Margot están llenas de inscripciones, fotos y recuerdos de los ilustres escribidores, músicos y pintores que se sentaron, bebieron y discutieron hasta altas horas en estas mesitas frágiles y apretadas donde, con un grupo de amigos, recordamos algunas glorias extintas: Victoria Ocampo, María Rosa Oliver, José Bianco. En un rincón del célebre Café Tortoni hay una mesa con un Borges de tamaño natural, hecho de papier-maché.

Pero es sobre todo en ciertas personas donde aquella tradición civil e intelectual está aún viva y coleando: después de muchos años tengo la alegría de ver al ensayista y filósofo Juan José Sebreli y unos pocos minutos de conversación me bastan para comprobar, de nuevo, la solidez y vastedad de su información filosófica, la desenvoltura con que se mueve por los mundos de la historia, las ideas políticas y la literatura. Como muchos argentinos que he conocido, me da la impresión de haber leído todos los libros.

Borges fue destituido de su empleo en la biblioteca "Miguel Cané" por el gobierno de Perón, en 1946, y degradado, por su anti-peronismo, a la condición de inspector municipal de aves y gallineros. El hecho es todo un símbolo del proceso de barbarización política que latinoamericanizaría a Argentina y revelaría a los argentinos al cabo de los años que, en verdad, no eran lo que muchos de ellos creían ser -ciudadanos de un país europeo, culto, civilizado y democrático, enclavado por accidente en Sudamérica- sino, ay, nada más que otra nación del tercer mundo subdesarrollado e incivil.

La involución del país más próspero y mejor educado de América Latina -una de las primeras sociedades en el mundo que gracias a un admirable sistema educativo derrotó al analfabetismo- a su condición actual, es una historia que está por escribirse. Cuando alguien la escriba, lo que saldrá a la luz tendrá la apariencia de una ficción borgiana: una nación entera que, poco a poco, renuncia a todo lo que hizo de ella un país del primer mundo -la democracia, la economía de mercado, su integración al resto del globo, las instituciones civiles, la cultura de brazos abiertos- para, obnubilada por el populismo, la demagogia, el autoritarismo, la dictadura y el delirio mesiánico, empobrecerse, dividirse, ensangrentarse, provincianizarse, y, en resumidas cuentas, pasar de Jorge Luis Borges a los piqueteros.

Son emblema de la otra Argentina, la que rechazó el camino de la civilización y optó resueltamente por la barbarie. En sus orígenes eran, al parecer, desempleados y marginales que salían a reclamar atención y trabajo de un poder que los ignoraba, de un mundo oficial sin alma, que daba la espalda a los más necesitados. Ahora, más bien, son las fuerzas de choque del poder político. Antenoche han salido con sus bombos y sus garrotes a enfrentarse a los simpatizantes de los agricultores que protestan en la Plaza de Mayo por los nuevos impuestos decretados por el gobierno de Cristina Kirchner para los productos agrícolas. Y, en efecto, los dispersan a palazos y a patadas, en nombre de la revolución.

¿Cuál revolución? La del odio. Lo explica muy bien el líder piquetero Luis D'Elía, afirmando que la culpa de esta movilización de agricultores contra el gobierno la tienen "los blancos". Añade que él "odia" a los blancos del Barrio Norte y quisiera "acabar" con todos ellos. Pregunto a mis amigos argentinos qué quiere decir el líder piquetero con aquello de "blancos". Porque, por donde yo miro, en la Argentina, por más esfuerzos que hago, sólo veo blancos. ¿Quiere acabar, pues, el piquetero con 40 millones de sus compatriotas? No veo argentinos negros, ni cholos, ni indios, ni mulatos, salvo turistas o inmigrantes: ¿únicamente a ellos está dispuesto D'Elías a salvar de sus fantasías homicidas y racistas?

Unos días más tarde, tengo ocasión de inspeccionar muy de cerca a un par de centenares de piqueteros que emboscan el autobús que me lleva, de la Bolsa de Rosario al local del Instituto Libertad, que cumple 20 años, un aniversario que un buen número de liberales del mundo entero hemos venido a celebrar. Como quedamos inmovilizados por la joven hueste de don Luis D'Elías -o tal vez alguna peor, pues ésta es sólo ultra, y en la Argentina hay ultra-ultra y más- entre 10 y 15 minutos en la Plaza de la Cooperación, mientras ellos, imbuidos de la filosofía de aquel mentor, destrozan los cristales del autobús y lo abollan a palazos y pedradas y lo maculan con baldazos de pintura, tengo tiempo de estudiar de cerca las caras furibundas de nuestros atacantes. Son todos blanquísimos a más no poder. Mis compañeros y yo guardamos la compostura debida, pero no puedo dejar de preguntarme qué ocurrirá si, antes de que vengan a rescatarnos, los aguerridos piqueteros que nos apedrean lanzan adentro del ómnibus un cóctel molotov o consiguen abrir la puerta que ahora sacuden a su gusto. ¿Celebraré mis 72 años -porque hoy es mi cumpleaños- tratando de oponer mis flacas fuerzas a la apabullante furia de esta horda de salvajes? Cuando pasa todo aquello, la joven periodista ecuatoriana Gabriela Calderón -es tan menuda que consiguió encogerse debajo del asiento como una contorsionista- me pregunta muy en serio si estas cosas me ocurren en todas las ciudades que visito. Le respondo que no, que esto sólo me ha ocurrido en la queridísima ciudad de Rosario.

Lo es para mí, por los buenos recuerdos que guardo de ella, y porque es la tierra de mi amigo Gerardo Bongiovanni y de Mario Borgonovo, un publicista que, cuando se lanza a cantar tangos, hasta los ángeles del cielo bajan y los diablos del infierno suben a escucharlo. Gerardo fundó, con cuatro amigos, en 1988, la Fundación Libertad, para promover las ideas liberales en su país. 20 años después, el Instituto es un foco de pensamiento, de debates, de publicaciones, de seminarios y conferencias que entablan una batalla diaria por la modernidad, la tolerancia, el progreso, la democracia y la prosperidad contra quienes se empeñan en seguir retrocediendo a la Argentina hacia lo que Popper llamaba "la cultura de la tribu". Durante los diálogos, mesas redondas y exposiciones de estos días, como en la mañana emocionante de mi visita a la biblioteca "Miguel Cané", de Boedo, me digo, esperanzado, que no todo está perdido, que todavía el fantasma de Borges podría despertar a la Argentina de la pesadilla de los piqueteros.